Un fenómeno llamado inmigración

Andrés llora en el aeropuerto después de verse obligado a enviar a su hija y sus dos nietas a Ecuador (El País)

Hace unos años la inmigración en España se convirtió en una solución y a la vez en un gran problema. Por un lado, fue una solución, una ayuda, ya que en nuestro país se empezó a necesitar mano de obra no cualificada en sectores como la agricultura o la construcción. Los puestos de trabajo no deseados por españoles eran ocupados por los inmigrantes que llegaban sobre todo de África y Sudamérica a la península. Los españoles apuntábamos alto, nos volvimos avariciosos y con ganas de más. Y por otra parte se convirtió en un gran problema. Cientos y cientos de pateras llegaban a las costas del sur de España y Canarias con miles de inmigrantes ilegales que soñaban con encontrar una vida digna en nuestro país. Muchos eran deportados, otros cuantos lograron entrar. Otros se quedaron en el camino.

Aquellos años en los que España se convirtió en el paraíso profesional para muchas personas, sobre todo sin preparación, han terminado. Ese tiempo en el que pedíamos créditos y nos los daban sin ningún problema, acabó. Esa época en la que los jóvenes dejaban de estudiar porque encontraban trabajos en la construcción fácilmente, finalizó. El milagro español llegó a su fin, al igual que la inmigración.

Muchos de estos inmigrantes que consiguieron llegar a España tuvieron dificultad para integrarse en nuestro país. El racismo, la xenofobia y ese tipo de enfermedades que algunos aún poseen estaba presente en algunos individuos y sectores de la sociedad española (y lo sigue estando). Bastante tiempo pasó hasta que se logró una integración en un país que hasta entonces no sabía lo que era una inmigración de esas características.

La crisis estalló y golpeó tanto a los inmigrantes como a los que no lo eran, aunque seguramente golpease más a los primeros. La construcción, un sector del que España llego casi a depender y que agrupaba muchísimos puestos de trabajo en todo el país se desplomó. No disminuyó, se desplomó. Miles, millones de personas se fueron al paro y esta crisis se acabó expandiendo a otros sectores profesionales de tal forma que a día de hoy más de un 24% de la población activa está sin trabajo.

Los inmigrantes fueron sin duda los peor parados ya que dejaron a sus familias en sus países de origen y pagaron un billete cuyo precio estaba muy por encima de sus posibilidades para encontrar una vida mejor y así poder mantener de alguna manera a sus familias desde el extranjero. Aunque muchos siguen trabajando, otros ya han sido despedidos y no les queda otra opción que volver a su país. Este es el drama de los inmigrantes. Vinieron con un sueño y resulta que ha sido un fracaso total del que no son culpables.

Hoy en El País, he visto una de esas historias que te producen indignación y rabia a la vez que te emociona. Un hombre de Ecuador cuenta como la crisis ha provocado que su familia se tenga que separar, viéndose obligado a enviar a su hija y a sus dos nietas a América ya que aquí no los puede mantener. Él, que se llama Andrés, tiene que quedarse ya que aún conserva su trabajo con el que gana poco más de 1000€, con el que tiene que mantener también a sus otras cinco hijas que viven con él. En estos casos, el Gobierno otorga una ayuda de 400€ conocida como «plan de retorno» para los inmigrantes que necesiten volver a su país. Se les paga un billete de ida, sin vuelta. El perjudicado asegura que en cuanto se quede sin trabajo se vuelve para su país, ya que «para vivir mal aquí, vivo mal en mi país».

Este es solo un caso de los muchos que habrá, de inmigrantes que se ven obligados a volver a sus casas, a sus hogares de donde vinieron. Puede que piensen que todo este tiempo en España no ha valido la pena o que se arrepientan, pero nadie predijo esta crisis.

Quién nos lo iba a decir, nosotros que nos creíamos los amos del mundo durante nuestro auge económico de hace unos años. Ahora vemos como todos nuestros inmigrantes, los que aceptaban esos empleos que no queríamos, se van. Y lo peor de todo, ahora somos nosotros los que tenemos que emigrar. Cada vez son menores las probabilidades de encontrar un trabajo en este país, por lo que el extranjero va a ser nuestra última opción. Espero que si nos vemos obligados a emigrar, no nos pase como a los inmigrantes que han venido aquí y que tantas dificultades han tenido para integrarse en la sociedad española por culpa del clasismo característico de los españoles.

Quien sabe si dentro de un tiempo, nosotros seremos como Andrés. Confiemos en la suerte para que no sea así.

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